EN MEMORIA DE UN GRAN AMIGO
Lucho Indacochea en los tres palos
Lucho nos recibe en el estacionamiento, cerca de las olas que el
tiempo acerca y aleja sin que sepamos nada. Sonríe con esos ojos de
picardía. Todo aire señorial es desmentido por los blue jeans y las cejas
pobladas y los cachetes a punto de soltar una broma de las suyas. No
estamos preparados para un adiós, lo seguimos con un gran vaso de agua
tónica (adulterada, claro, por la rodaja de limón) y camino a la casa nos
cuenta la historia de esta playa donde lo conocen y lo quieren hasta las
garzas, los petirrojos y los muy-muys.
La hegemonía de su cariño trasciende a ese futuro en el que
ahora nos está esperando. Ternura anticipada del abuelo: "Van a
ver el chocolatazo que les voy a comprar a mis nietos...", nos sigue
diciendo. Sueños sean de una ternura que ha de realizarse en otras
palabras, pues a otro sueño le corresponden.
No estamos preparados para este adiós, Lucho sigue dando vueltas
en su bicicleta por los aires serranos, por el árbol de pacay junto al
río que repite en su transcurrir que esta vida nos será despojada en el
estuario.
No estábamos preparados, ya lo sabemos. El arquero revisa las
redes y cuenta los doce pasos y se prepara, sin saberlo, para otra clase
de partido. Ahí viene la marea del tiempo a interrumpirlo, llega con su
insolencia premeditada.
El adiós a Lucho Indacochea lo desmentimos en la orilla donde
la arena seca y la mojada se funden y sólo prevalece el cariño. Lo
desmentimos aquí donde le estamos ya debiendo la esperanza de un
reencuentro. Nos recibirá entonces en las olas frescas que un día
aprendimos a soñar.
Edgar O´HarA
[30/11/07]
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